Desde Los Andes a Calama. Aprendiendo a volar con las gallinas. Primero libre y con amigos, después encerrada y desolada. La cóndor Coni voló despertando curiosidad en San Pedro de Atacama, donde fue criada durante los 90s haciéndose muy amiga de los turistas. Su familia nunca pensó que terminaría en la jaula del Parque El Loa.

Por Bryan Saavedra
Asistencia y fotografías de Felipe Núñez

Todos tenemos una conexión con la patria, sus canciones, espíritus y animales de Los Andes que podemos tener la suerte de conocer. Los Comentarios Reales de los Incas cuentan que antiguas naciones, por su grandeza, adoraban al cóndor, hasta presumían descender de ellos y las águilas. Aunque no tienen garras como ellas, porque no se las dio naturaleza por templarles la ferocidad y tienen los pies como las gallinas, bástales el pico, que es tan fuerte que rompe el pellejo de una vaca. Son blancos y negros. Cuando bajan cayendo de lo alto hacen gran zumbido que asombra. Esta es la historia de una de ellos que vivió en el Parque El Loa de Calama hace unos años. Solo sabíamos su nombre: Coni.

Ada Teresa Aramayo (82), nacida en Chuquicamata, criada en San Pedro de Atacama, se dedicó al comercio inaugurando el restorán Juanita, en honor a su primera hija, a principio de 1970 en una casa que arrendaban, junto a Guillermo Cabezas, en calle Gustavo Le Paige, al cual se sumó El Chiloé y la Hostería de San Pedro de Atacama en esos primeros años. Allí llegaron dos suizos que no tenían donde alojar, a quienes terminó recibiendo, cuando no había turismo. En 1975 compraron una propiedad en calle Ckilipana, frente a la plaza, donde los comensales conocieron a Pepe, una gaviota, como también a una ñandú.

“Me gustan mucho los animales y las plantas. Entonces cuando vi a la gaviota que andaba dando vueltas acá, le puse agua, le ponía comida. Entonces la gaviota bajó, ya se quedó en la casa, no se fue más, se quedó acá en el restaurante”, cuenta Ada Teresa sobre Pepe que graznaba cuando entraba gente; hasta avisó mientras robaban unos quiscos.

La ñandú salía a la plaza que, en esos años, no tenía cierre y era administrada por los vecinos que plantaban verduras y flores. Con el tiempo se hizo cargo la municipalidad. Pepe murió. Después la ñandú también por el desgaste de su pico, quedando sin posibilidades de alimentarse.

“Primero fue la gaviota, después fue la ñandú, y la última fue la Coni”, cuenta Teresa recordando que “había un pastor que pastoreaba por el lado del Licancabur. Y dice que él la encontró botada. Era así, una cosita chiquitita, como un montón de lanita blanca. Un polluelo chiquitito. Y él llegó acá y me dijo, como usted tiene la ñandú, tiene la gaviota, ¿quiere este pajarito? Ya, le dije yo”.

El pajarito dormía en una caja de plátanos. Ada no sabía qué darle. Un señor del ayllu de Coyo le recomendó carne, porque atrapaban animales más chicos que ellos en la cordillera, donde rondaban muchos. En el pueblo no se veía el vacuno, ni el pollo. Así que todos los días el carnicero carneaba un cordero para la venta y guardaba esos interiores: el corazón, el bofe, el hígado que ella picaba y le daba en el gallinero. Cuando tiraba maíz, también comía. Y mientras crecía daba cada vez saltos más altos buscando encaramarse en las paredes del patio y en el techo.

RECUERDOS. Ada Teresa Arayamo cuenta la historia de Coni, desde que llegó a ella como un polluelo blanco, hasta sus últimos días en Calama.

“Cuando empezó a abrir sus alitas, como que quería volar, y aprendió aquí en el patio, hasta que después ya se fue. Pero va y volvía”, explica.

También pasaba con el pastor ovejero alemán de la casa, Alex. Entre ellos había poca diferencia de tamaño estando de pie. “Jugaban, a ella le gustaba, se subía arriba de él y él la botaba. Ya él la conocía, la vio de guagüita acá. Era el amigo”, cuenta.

AVE DEL PUEBLO

El crecimiento de la cóndor fue rápido. Su sexo lo determinaron con la ayuda de un sacerdote que sabía de aves. Aprendió a volar sola casi al año que se la entregaron. Se paraba en los techos, pero no solía bajar a los patios.

Hablar de ella con gente de San Pedro de Atacama es recordarles a una especie de mascota ciudadana que se bañaba en el estanque acumulador de al lado del cementerio, corriendo, arriba de autos, recibiendo visitantes en la entrada y dejándose abrazar por ellos en el centro, como el señor Hsui Haw-Ping de Taiwán, que en abril de 1994 se tomó una foto con ella en calle Caracoles.
Elisa Yanjarí vive hace 26 años en San Pedro de Atacama. Recuerda que “en calle Gustavo Le Paige, cuando uno caminaba hacia abajo, ella venía corriendo. Pero era como una cosa de juego. La gente lo tomaba como algo de todos y se le cuidaba”.

Al escuchar campanazos Coni entraba a la iglesia y volaba oyendo la banda para aterrizar y caminar detrás de los últimos niños del desfile. “Estábamos en la misa y de repente el cura estaba hablando del Espíritu Santo y aparece volando la Coni, estiraba sus alitas y eso que era una niña Coni. Era grande cuando abría sus alas. Y entra y nos hizo asustar a todos”, cuenta Sandra Berna, alcaldesa de San Pedro de Atacama en esos tiempos. Antes la había conocido en la Compañía de Teléfonos picoteando cojines y sillines de bicicleta.

Daniel Briceño (43), antropólogo de Calama, rememora que tenía unos 10 años cuando vio por primera vez, desde el bus, a Coni en un cartel de la entrada. “La fecha cuando la conocí debe haber sido en los años 95, por ahí 94, quizás un poco más entre el 95 y en adelante. Fueron varias veces que la vi”, rememora.

Un día el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) llegó a la casa de Ada Teresa. Los funcionarios le explicaron que tenían que llevarse a la cóndor a la cordillera. “No quise, ya estaba más grande. Yo le dije, yo la estoy criando, y llevarla para allá, para ella va a ser otro hábitat, porque ya aquí está acostumbrada a comer lo que yo le doy, está acostumbrada a estar acá con las gallinas. En ese tiempo todavía no salía a andar en las calles. Y me pasa con las gallinas adentro, le digo, ¿cómo me la van a llevar? Ustedes la van a largar y se va a morir. Yo le dije tantas cosas al SAG que me escucharon y me la dejaron”, dice.

La familia tenía una botillería desde la que llevaban botellas y garrafas vacías hacia la casa. Coni ayudaba cargando las garrafas con el pico agarrando el mimbre. “Era muy entendida y me ayudaba a cargar la garrafa. Ella era como un perrito, como un niño a veces, porque ella siempre estaba al lado mío”, cuenta Ada Teresa.

“Yo la tuve, serán unos dos o tres años. Y era muy doméstica, pero hubo una vecina, que también falleció, que en paz descanse, que vino a reclamar a Carabineros que le había comido unos pollos”, dice como reviviendo esas preocupaciones que la llevaron a pensar qué pasaría si picara a un niño.
Es así como la familia decide trasladar a Coni al Parque El Loa de Calama en coordinación con las autoridades. Serán los últimos vuelos por San Pedro de Atacama. Trajeron una jaula para llevarla en un pequeño camión que recorrió 100 km de desierto con ella adentro.

JAULA DEL PARQUE EL LOA

En Calama vivía en una jaula construida previamente para un vivero. Niños de los 90s la conocimos así. “Fue impactante verla después en Calama. Ahí ya quizás habían pasado unos años más, quizás era en el 99 por ahí, o comienzos del 2000. Más allá de que el cóndor era un símbolo patrio y que la gente pasaba, oh qué lindo, o una admiración, digamos, fugaz. No había una preocupación por el cóndor, tampoco como por el escudo nacional, ni siquiera eso fue como un argumento para defender su libertad o mejorar sus condiciones. Como que la gente en Calama lo normalizaba. Quizás para la gente andina, en San Pedro de Atacama tenía una importancia simbólica”, cuenta Briceño.

Coni era el cóndor del Parque El Loa. En la jaula se abalanzaba hacia la gente que la veía, agresiva, algunas veces, abriendo las alas. La molestaban golpeando la reja. Podía volar. Se posada en los canteros o en otros lados de las partes altas. “Les indiqué lo que comía y todo para que la tuvieran encerrada y no la sacaran. Porque también temía, si la soltaban como yo la tenía acá, podía perderse o tomarla alguien”, explica Ada Teresa.

Registros del El Mercurio de Calama, de febrero de 1977, detallan que un joven cóndor mantiene en cautiverio, en el recinto del Pozo N° 3 de San Pedro de Atacama, el empresario Alberto Terrazas Virreyra, quien tiene el propósito de convertir ese oasis en un gran complejo turístico y para lo cual cuenta con el apoyo de las autoridades regionales y provinciales. Teresa Aramayo recuerda que ese cóndor estaba encerrado y cree que Terrazas lo trajo de la cordillera, porque siempre él andaba por esos lugares.

La reja de Coni trae recuerdos al mirarla, en estos días, sin ningún animal. Ella veía a las familias de Calama, hasta que aparecía Teresa y se emocionaba. Se acercaba. Picoteaba para que la tomara. Se paraba al medio y volaba para que la sacaran, hasta golpeándose en la reja. Así, las visitas fueron disminuyendo. Ahogando sus alas. Frenando el vuelo. Pasando días en Calama. Ojalá un huemul así no terminara.

CÓNDOR. Coni fue criada con gallinas y el perro Alex. Fue muy amiga de los turistas.

Muchas personas llamaban, al teléfono de calle Ckilipana, dando las condolencias. “Me entero por la alcaldesa que había muerto la Coni. Me llama y me dice, Ada, me dice ¿supiste que falleció la Coni? Dijo, la mataron. El alcalde dice que le dieron algo que comer. Piensa que le dieron vidrio. Yo no la vi muerta, no la vi después. Yo la vi viva y que quería venirse mucho conmigo”, dice Teresa recordando que Coni no alcanzó a estar un año en la jaula.

En el Museo de Historia Natural y Cultural del Desierto de Atacama del Parque El  Loa hay dos cóndores embalsamados. Uno fue donado por el profesor normalista, Reynaldo Lagos, desde un antiguo museo de Chuquicamata. El otro, bastante grande, fue traído por las hermanas del Colegio Guadalupe de Ayquina hace muchos años desde Bolivia y el 2025, junto a otros animales embalsamados, fueron llevados al museo. Osvaldo Rojas, su director, cuenta que generalmente la gente le pregunta si uno de ellos es Coni.

“Cuando nos enteramos de que esta cóndor había muerto, tratamos de averiguar qué habían hecho con el cuerpo, con la intención de poder embalsamarla. En esos años yo no tenía ninguna injerencia acá en el parque, no tenía museo, nada. Pregunté y una señora, que no recuerdo su nombre, que era veterinaria, cuando murió, ordenó embalarla y botarla a la basura. Entonces no tuvimos ningún registro como para poder, en última instancia, haber conservado sus huesos que nos podían haber servido como elementos de comparación”, relata Rojas.

LA CONEXIÓN

El cóndor está presente en el arte rupestre de la región atacameña, también en textiles, dibujos, íconos de pinturas, cerámicas, pictoglifos, tabletas de rapé, representado como una deidad venerada en tiempos precolombinos, como el interlocutor de las rogativas de los antiguos con sus dioses. Hoy, en el poblado de Ollagüe, hay una escultura de un cóndor de que mide más de tres metros de alto y casi ocho de largo con las alas extendidas. También hay murales de ellos en Calama, Antofagasta y varias ciudades de Chile.

“El cóndor, a través de la cosmovisión Licán Antai, es un ser espiritual de protección, que protege en general a Los Andes, que es la montaña, pero también a los pueblos. Entrega protección, pero también es fortaleza. Es una deidad mítica también en los cuentos, leyendas y mitos. Es un ave que representa más que nada el mundo de la sanidad espiritual”, explica José Cruz, conocedor de esta cultura.

La plataforma SIMBIO del Ministerio de Medio Ambiente (MMA) registra 34 especímenes de cóndor en la región de Antofagasta, a diferencia de Valparaíso (504), Metropolitana (6421) y de Magallanes y la Antártica Chilena (3745). Desde la institución explican que estas cifras no son un conteo de individuos, sino un registro de observaciones en la plataforma del Sistema Global de Información sobre Biodiversidad (GBIF). Por eso estos números no se pueden utilizar para determinar un aumento o disminución de la especie.

Tampoco el MMA cuenta con estudios que hagan una comparación, a nivel global, del efecto de la minería u otra actividad industrial en la población de cóndores. Especie categorizada como Vulnerable, lo que significa que no satisface los criterios para En Peligro Crítico o En Peligro, pero está próximo a satisfacer los criterios o posiblemente los satisfaga, porque está considerada para su reevaluación en el próximo proceso de clasificación de estado de conservación del MMA. “En el altiplano aún tenemos la suerte de poder tener cóndores, grupos de cóndores, porque son gregarios, se juntan varios en puntos determinados, y estos están entre Ollagüe y San Pedro Atacama”, explica Osvaldo Rojas, concluyendo que “Coni es el símbolo de la degradación de la naturaleza en el territorio”.

Sobre esta historia, desde el MMA indican que los cóndores están protegidos por la Ley de Caza y que, desde el punto de vista biológico, es importante resaltar que un individuo que se mantiene en cautiverio, es un individuo que no cuenta para mantener la viabilidad de la especie y que lo más deseable es que vuelva a su hábitat natural.

Si no hubiesen existido esas acusaciones, Ada Teresa cree que ambas podrían haber seguido juntas, debido a la longevidad de los cóndores. Coni no alcanzó el plumaje negro, no conoció los drones ni los cambios en San Pedro de Atacama como ella que, después que atendió a los suizos en su restorán, el padre Gustavo Le Paige organizó un simposio de arqueología, convocando a gente a nivel mundial, que inicia el turismo en la comuna. Actividad que nunca paró, comenzando por esos restoranes, dos almacenes y la carnicería.

Ada Teresa muestra fotos de Coni en el living de su casa. Se nota que los turistas la querían mucho. “Ella era ploma. Tenía algunas manchitas en las alas, pero muy pequeñas, blancas”, detalla. En marzo del año pasado murió su último perro, también llamado Alex. “Yo creo que ella como que me quería, porque yo lo noté en Calama. Y yo a ella. Así que yo creo que era un cariño que nos teníamos ambas, porque a mí nunca me atacó, a mí nunca me hizo daño. Yo le daba, cuando aprendió a comer, en mis manos. Ella de acá de mis manos picoteaba la comida”, cuenta emocionada.

Coni era callejera. Llegaba solo a comer y a dormir. Le gustaba mucho ir a pararse a la entrada de San Pedro de Atacama. Hubo personas que cambiaron su destino, forzándola a la soledad. Antecedentes que no borraron los vínculos con su familia que terminó viéndola en la jaula, donde observamos los vuelos que esperábamos que hiciera para verla alcanzar las alturas, de vuelta a Los Andes, después de conectar nuestros corazones.

COMIDA. Desde pequeña fue alimentada con interiores que su dueña conseguía en la carnicería del pueblo.

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