Jolteon RamírezLos puentes de Antofagasta en 4 historias Bush in Action febrero 13, 2026 Crónicas 22 El puente es vínculo, conexión. Una estructura física o imaginaria donde no hay nada, que conecta un punto con otro. En Antofagasta hay pocos puentes. Encontramos cuatro ubicados en diferentes puntos de la ciudad. Por Rodrigo Ramos Bañados Por Antofagasta no pasa ningún río, tal vez un riachuelo enjuto rodeado de musgo llamado Las Vertientes. Un puente, el último, el más espectacular, pasa por arriba de esa línea verde oscura y húmeda que se desemboca más abajo, en el mar; los otros puentes de la ciudad son bastante extraños. Uno, de madera, antiguo, con algunos candados que simbolizan promesas de amor, que pasa sobre las líneas férreas y conecta el barrio Estación con el Terminal Pesquero de Antofagasta. Un tercer puente, el más pequeño, sobre los roqueríos del paseo del Mar, ha sido favorito de los niños que pasean por el sector. También es un excelente escenario para apreciar los inolvidables atardeceres. Un último puente ve pasar cientos de vehículos en la rotonda que inicia o despide la ciudad, según la dirección que se vaya. Es el puente más gélido porque nadie se detiene. Todos los puentes unen lugares a través de una construcción que permite salvar un accidente geográfico, con el propósito de unir a dos lugares; lo que es una explicación literal o terrenal, pero los puentes con el tiempo ganan en simbología. Un puente, por ejemplo, puede significar un antes y un después para aquellos que lo cruzan, o sea, una ruptura, pero antes un tránsito, o sea, nada definitivo. Debajo del puente o bajo la sombra del puente, puede haber una persona cubriéndose de la lluvia; y es ahí cuando el puente funciona como un refugio, pero cuando en la ciudad no llueve… Debajo del puente se pueden encontrar desde zapatillas viejas hasta una olla roída, vestigios de alguien que vio al puente como el techo de su casa. Un puente también le sirve a un grupo de jubilados de un bar muerto para ir a componer la resaca frente al mar. El puente es un símbolo universal, símbolo de tránsito, de pasaje, de búsqueda y de conexión. Un puente nos lleva de un lado a otro, quizás de lo conocido a lo desconocido y viceversa. El arcoíris es un puente para unir el cielo y la tierra, dando calma y tranquilidad a partir del diluvio en la historia bíblica.Aquí les presentamos cuatro historias de puentes, en los puentes de Antofagasta. PUENTE DEL PASEO DEL MAR Esto le ocurrió a una chica de no más de 30 años, cuyo nombre no recuerdo. Venía de un after en la avenida Brasil, después de darlo todo en el cumpleaños de una banda de rock. La mayoría terminaron duros como palo a las ocho de la mañana. En ese momento, con los fríos rayos de sol que abren el día, entra ese vacío donde, si no te vas a dormir, completas las fases del día en un insomnio espurio que absorbe por dentro como un papel higiénico. Lo que ocurrió no puede decirse que fue malo, por nada del mundo, pero fue bajo un puente; un puente pequeño redondo de Antofagasta con la forma de un arcoíris de serie infantil que une dos rocas en cada extremo; un puente que por debajo el agua transparente deja ver los erizos oscuros adheridos a las rocas; un viejo puente de cemento que se cruza en tres pasos largos y donde por abajo sube la marea a ciertas horas del día. La chica se sentó debajo del puente con una cerveza en lata, la última de un pack de cinco, se cubrió la cabeza con un pañuelo por el sol de primavera que comenzaba a descubrir la vida, apoyó su cabeza en una mochila y se quedó dormida. Un perro, café, mestizo, algo delgado de patas breves, la vio y sin ninguna invitación de por medio se acostó a su lado y con ese gesto la protegió de algún ladronzuelo de paseo. El perro se adhirió a su lado como si fuera un familiar y ella usó de manera inconsciente la panza del perro como almohada en una imagen para algunos de quienes paseaban por el puente, divertida y para la tragedia de una chica tan joven, curada hasta las partes. En un momento el agua helada, muy helada, humedeció sus zapatillas, los calcetines y, como hielo, calzó su piel hasta que abrió los ojos, y se encontró con ese mundo real del cual había escapado el día anterior. El perro la miró con el afecto sincero de alguien que busca cariño, pero era un perro, un simple callejero que veía en ella una posibilidad de compañía y alimento, y ella lo entendió así, pero esa mirada de ternura del animal era necesaria para detenerse, respirar, mirar el horizonte cortado por el puente del Paseo del Mar e irse a su casa, que quedaba cerca de ahí, con la compañía de ese perro cuyo nombre saldría en el camino. PUENTE PASEO DEL MAR. Un excelente lugar para mirar los atardeceres y hacia abajo se pueden ver los erizos entre las rocas. El lugar une dos piedras. PUENTE DE LA COVIEFI Ahí vive “el loco”; por lo menos, eso contestan los vecinos de un edificio de la Coviefi cuando les consulto por la ubicación del hombre que vive debajo del puente. —Tenga cuidado, el viejo es enojón, se molesta fácil y tira las cosas —dicen. Y agrega: —Ojalá no lo encuentre, aunque ya no se ve. Suerte: el hombre está en casa. Se asoma por un costado y se alegra al vernos. Dice que nadie viene de hace muchos años, y que él se las arregla para hacer visitas. “No me importa que me digan loco”. El hombre sabe, por lo menos, que en ese mundo existe. Para que exista en esta crónica, lo llamaremos Rusio. Nunca nos dio su nombre, pero alguna vez fue medio rubio. Dice que en invierno es muy helado dormir bajo el puente, porque concentra el frío de la sombra durante todo el día. Es como estar dentro de un refrigerador. En el verano es para dormir a la intemperie, aquí debajo por el calor. “Lo bueno es que nadie viene… (Piensa). Hace un tiempo llegó gente más abajo, migrantes, pero se fueron al rato. Se entusiasman con el agua que corre abajo. Hasta se bañan”, afirma, mientras mira el horizonte. Dice que el puente es un buen refugio, porque tiene techo (mira hacia arriba). “Nadie se atreve a venir, porque creen que uno les va a salir con algún chistecito… Yo aquí tenía unos perros, pero se fueron porque no los alimentaba. Vinieron los animalistas y se los llevaron. A mí no me trajeron ni comida los animalistas. Le preocupan más los perros que la gente”, dice. Por las noches duerme en una estación de servicio de más abajo, con cartones dispuestos como cama. “El cartón es buen aislante del frío. Paso todo el día ahí. Limpio autos y me alcanza para comer y tomar, porque uno está en la calle por curado, nada más que por eso. La gente es generosa. Te dejan la comida que no les gusta o sabrán. Aquí es un buen sector, por eso me vine. Yo soy curado nomás, no fumón”, aclara; “si fuera fumón, estaría al otro lado de la ciudad fumando pasta”. Bajamos a las vertientes, donde Rusio termina su aseo diario. Hace dos años que no paga el agua, se ríe. Lo bueno es que aquí corre el agüita todo el año; es bien helada, sí, pero uno puede bañarse y hasta lavar su ropa. Es un día soleado; a pesar de esto, el agua está fría al tacto. Rusio se toma el tiempo. Se remoja los pies y luego se agacha para mojarse los sobacos. Luego se seca con una toalla vieja y se pone la ropa para seguir hacia el servicentro ubicado en la costanera. Son alrededor de la 1 de la mañana. Mientras la figura esbelta de Rusio desciende por un costado del complejo de la Minera Escondida, el puente se va empequeñeciendo hasta desaparecer a sus espaldas. ZAPATOS DEL VIEJO. El Rusio suele guardar sus zapatos en compartimentos que son parte de la estructura del Puente de la Coviefi. PUENTE DEL FERROCARRIL Hace poco se murió el último de los ferroviarios que vio surgir al bar Margarita, en la calle Adamson. Su foto, como la del resto de los parroquianos habituales, tapizaba un sector de las murallas. Era un rompecabezas de sonrisas, a veces unas más desdentadas que otras. Había padres e hijos; abuelos y nietos. Había espuma de cerveza en las barbas. La seriedad no entraba. Lo interesante es que en ese bar la alegría no se confundía con la locura. La mayoría se conocía. Si no estaba en el álbum fotográfico familiar, entonces debería preocuparse. Lo observarán. Lo tantearán. Había un profesor de canas y terno que bebía su cerveza después de la jornada. Había rostros delgados, sonrientes. Un hombre de polera amarilla pasaba la tarde. Frente a él se extendía un afiche con una chica en bikini con una cerveza en la mano. Entre risas, el señor decía que una mujer como esa (la del afiche) de carne y hueso tendría su foto de inmediato. El relato es de Mario, uno de los últimos parroquianos que tuvo este bar, ya cerrado, y ligado al barrio Estación. El bar, como el puente, dice, donde estamos sentados en uno de los peldaños, son parte de este barrio que “no sé si se está modernizando o muriendo”. Dice que el puente, donde de vez en cuando por debajo pasan los trenes con rumbo al norte, tiene la misma madera del bar, del ferrocarril y del barrio Estación antiguo. “Madera de pino oregón, noble, donde queden grabadas las historias. En el puente, dicen los viejos, hay cientos de historias de amor, tomadas de mano donde los viejos después se casaron. Con la tontera del enamoramiento creíamos que abajo había un río como en Francia, pero eran puros rieles feos. Ahí, en el puente, que es parte del barrio, se dieron romances, besos, pero también asaltos. “Los patos malos se ponían abajo a esperar a los curados de la medianoche, pero yo me quedo con el recuerdo del puente del amor (bien simbolizado con los candados)”. CONEXIONES. Este puente conecta el barrio Estación con el Terminal Pesquero. Se puede observar parte del centro y la costanera. PUENTE DE LA ROTONDA El grupo de María Alejandra, de alrededor de ocho personas, que incluye a dos niños que bordean los 10 años, lleva cuatro días de viaje entre Iquique y Antofagasta. La opacidad de las vestimentas y los rostros cansados dan cuenta de un viaje extremo. “No hay plata, patrón”, dice María Alejandra. Caminan con poco dinero; de ahí, la posibilidad de caletear o pernoctar donde los sorprenda la noche. Cargan lo necesario. Se detienen. Por el costado pasó un camión. Hacen dedo. El camión continúa su viaje hacia el sur. Hacen un alto para conversar. Concuerdan en que Bolivia no fue una buena experiencia. Los coyotes los estafaron. Mucho aprovechamiento y frío extremo. En Perú no fueron bien tratados. Chile les parece más amable. El problema es el clima, concuerdan. La constante ha sido frío en la cordillera y días nublados con viento en la costa. Llevan dos carpas y se dividen en estas durante la noche. Piensan llegar a Santiago en un par de días, donde tienen familia. Ignoran cómo serán recibidos por esa familia. La pausa será en Antofagasta, al que también le llaman “pueblo”, y donde mantiene la esperanza de que esos familiares, de Santiago, les depositen dinero para tomar un bus. Tampoco saben de qué manera pueden acceder a ese dinero que les depositarán. Desconocen cómo funciona este país. El miedo está presente siempre, dice Giovanni, quien es parte del grupo. “Hay trochas (pasos fronterizos) más complicadas que otras; por esto es mejor caminar en grupo. Colombia es muy parecido a Venezuela, pero en Perú te hacen sentir un paria, desde la policía hasta las personas. En Bolivia saben de nuestra necesidad, y tratan de aprovecharse. En Bolivia, en el altiplano, no se puede caminar como acá, y menos con niños al lado de uno que necesitan remedios. Nosotros pasamos caminando en esa trocha infernal. Si uno camina solo, es distinto. A veces falta hasta comida. Lo bueno es que en Chile las personas han sido más generosas. Aquí se puede vivir con pan. El pan es barato. La comida la regalan. Los niños pueden comer golosinas. Nos sentimos más tranquilos, más confiados”. El grupo de María Alejandra se divide en dos. Uno hace dedo antes del puente. Y el otro, en cambio, espera que los cargue algún camión después del puente. Al comprobar por unos minutos que nadie los lleva, continúan caminando. PUENTE DE LA ROTONDA. Es el puente más frío de todos, donde se han registrado crímenes incluso. Ahí nadie se detiene. Hacer Comentario Cancelar RespuestaSu dirección de correo electrónico no será publicada.ComentarioNombre* Email* Sitio Web Guarda mi nombre, correo electrónico y web en este navegador para la próxima vez que comente. Δ Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.