Cómo olvidar cuando se murió mi gata, en 2002. Mi vecina, una vieja de mierda envidiosa porque la “bebé” cagaba en su patio, la envenenó y terminó sus días bajo nuestro árbol, hundida en vómito. Luego de las palabras fúnebres de honor, mi papá la metió en su ataud, una caja de zapatos bubble gummers. Luego, en un viaje en auto que no duró más de cinco minutos, arrojó la caja con el cuerpo de nuestra amada gata por la ventana hacia el desierto, lista para ser devorada por los jotes que sobrevuelan vigilando Iquique. Pero esos eran otros tiempos. Ahora, cuando las mascotas se mueren, pueden tener servicio de ataúd, lápida, casita y hasta adornos florales. Además, tienen su propio cementerio. Todos los perritos se van al cielo, pero éstos se van con estilo.

Por Estanislao Gonzales

La señora rubia, evidente- mente ABC1, se baja de su BMW con una cajita envuelta con una bolsa de una multi- tienda en plena quebrada de El Way, casi llegando a Coloso. Es su perro que acababa de morir producto de una inyección mal suministrada por una veteri- naria, o por lo menos ella dice eso. El sepulturero es impro- visado: vestido de sport y con shorts, le habian avisado recien

que llevarían un perro. Una pala, 50 centimetros de pro- fundidad y un niño que llora. La señora ABC1 parece Jacque- line Kennedy: de negro y lentes oscuros, triste e indignada. El entierro no duró mas de cinco minutos. El tipo de sport echa unas paladas de tierra rápidas y le pasa una boleta a la se- ñora con plata. La solemnidad se fue a la cresta en un rato, la señora le paga y desaparece en su auto.

El sepulturero ni siquiera es tal: Andrés Verdini, argentino de nacimiento, es preparador físico, personal training y en- trenador de fútbol, y hace ocho meses pasó a hacerse cargo del Camping San Nicolás, al sur de Antofagasta, que además de minigolf y canchas de baby fut- bol tiene el único cementerio legal de mascotas en la ciudad. Como Verdini hace todas las pegas, también le corresponde darle la última despedida a las mascotas de la gente que trae a su cementerio.

Veridini realizando mantenciones en el cementerio de mascotas

Los anteriores dueños de San Nicolás no tenían muchas ganancias con el camping por lo lejos del lugar, casi llegando a Coloso. Como muy pocos se daban la paja de ir, el negocio iba como el pico. Pero a uno se le ocurrió la brillante idea de aprovechar un espacio para hacer un cementerio de mas- cotas. En Antofagasta no hay mucho espacio, la gente tiene plata y costumbres extrañas, y se dieron a la tarea de construir el cementerio. Fue brillante: Hasta ahora llevan más de 100 mascotas enterradas y ya casi no hay espacio para seguir metiendo más: para agosto se espera la construcción de nichos para ahorrar costos y aumentar las ganancias. Los clientes de este cemen- terio casi todos son de plata, aunque el costo del servicio no es tan alto: 60 lucas sale enterrar un perro grande (San Bernardo, Pastor Alemán) agregando una lápida en ce- mento, un marco de madera y pasto sintético. Los precios bajan hasta un mínimo de $40.000, que se paga una vez al año, y después se renueva.
-¿Y qué pasa con la gente que no paga la plata?

– Si no pagan, en bolsa y se lo lleva el camión de la basura.

Andrés, el sepulturero- personal trainer, cuenta que la gente es entera cuática para enterrar un animal. “Una vez, llegó una familia de 15 personas a enterrar a una perrita” De los 15, trece lloraban a mares. Pero después casi nadie visita a Foster, Krusty, Matilda o Ringo Felipe. Es casi como por moral enterrar un perro. La gente paga y se va. De he- cho, Andrés ni siquiera tiene mascota, porque vive en un departamento.

¿LO QUIERE EN BOLSA O CAJÓN?

En todo Chile, no existen mas de dos funerarias exclusivamente para mascotas. Nunca hubiera llegado este raro servicio al norte si no fuera por la idea de Fernando Ríos, un cabal- lero que desde siempre fue a cionado a la carpintería. Buscando por internet, se dio cuenta de esta caren- cia de servicio en Antofa- gasta e instaló la funeraria para mascotas “Descanso Feliz” en Eduardo Orchard, casi llegando a Licores Baratísimo.
Pupy descansando en la eternidad eterna

Pupy descansando en la eternidad eterna

Pero vender ataúdes para perros no es como vender pan. Don Fernando no vive de la funeraria, pero si deja buen dinero cuando un perro se muere. No deja de recordar cuando una familia le compró un servicio de ataúd, adorno oral y todo, para su perro recien atropellado. El perro estaba hecho mierda, tuvo que recoger tripas y echarlas al cajón. Un furgón Suzuki, de los míticos “panes de molde”, las hace de carro fúnebre. No hay tanto detallismo tampoco. Descanso Feliz ofrece, además, casitas diseñadas para muertos lujosos, pintadas, con la foto del difunto y un hueso que dice su nombre y fecha de muerte. Es caro el pack, $150 lucas por lo bajo, aunque don Fernando no le gusta hablar de precios. Cree que alguien le puede hacer competencia. Eso sí, desde enero hasta la fecha lleva 10 ataudes vendidos. Un pésimo negocio para cualquiera, pero que le alcanzan para sobrevivir.
La señora ABC1 contrató todo el paquete. Seguro mostrará amor al pagar tanta plata pero ¿se acordará de su perro muerto en un año más?

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