Germán Miric Vega fue alcalde de Antofagasta entre 1967 y el 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe lo sacó del cargo y, con ello, dijo adiós a su tierra. Relegado en Mulchén, exiliado en Londres y luego candidato a diputado por Las Condes, quien fuera el hombre más importante de esta ciudad del desierto, vive en un tranquilo campo de la Sexta Región. A sus 81 años, está escribiendo sus memorias.

Por Ignacio Araya, desde San Vicente de Tagua Tagua.

Está lloviendo afuera. Las furiosas gotas de agua que caen sobre las canaletas de la casa no interrumpen nunca la siempre tranquila vida de Larmahue porque aquí llueve siempre. Larmahue es un pequeño pueblo de la comuna de Pichidegua y es tan parecido como muchos otros pueblos del interior de Rancagua. Pueblos de carretas, de sonidos de herraduras equinas golpeteando el pavimento, de chupallas, pasto y árboles por todos lados. Todo es tan exageradamente verde que es obvio que no se parece en absolutamente nada a la Antofagasta donde nació Germán Miric (81), la ciudad donde llegó a ser el ciudadano más importante de la comuna con el título de alcalde y -quien sabe- el lugar donde aún viviría si después de eso no hubiera ocurrido un golpe de estado, una prisión sin proceso, un exilio en Inglaterra y un país totalmente distinto a su regreso.

DE ALCALDE. Germán Miric fue elegido por sus pares en 1967. En ese entonces, se votaba por regidores, quienes decidían quién era el edil.

Mira hacia afuera. Esto no es Antofagasta. Más parece Mulchén, el lugar que la dictadura le designó para iniciar su relegación cuando ya terminaba 1973. No parece Antofagasta, ni tampoco Miric pretende que así lo sea. Aquí pocos saben que fue el último alcalde comunista de una de las comunas más grandes de Chile. En el norte, una calle y un cuadro en el auditorio de la Municipalidad honran su nombre para la posteridad de la historia. Lo sabe, estuvo en su calle. Sabe del cuadro. Pero aquí está, casi en el anonimato.

-Es bonito aquí. Estoy como en el cielo, si es que creyera en eso.

EL ALCALDE

Está lloviendo afuera. Germán Miric está hincando el tenedor en un trozo de carne frita con cebolla mezclado en arroz con porotos. Comida cubana, el país donde vivió su hija y donde echó raíces que también se trajo a Larmahue. La bandera de ese país está estampada en el jockey que se puso para ser reconocido en el terminal de buses de San Vicente de Tagua Tagua, la ciudad más grande de por estos lados.

Predomina el rojo en el jockey. El color característico del Partido Comunista, al que ingresó cuando en Antofagasta era conocido por dos cosas: su afición a hacer varios deportes a la vez, y las clases que hacía como profesor de matemáticas y física en la Universidad Técnica del Estado. Dice que fue seleccionado de básquetbol en el Sokol, fue waterpolista, jugaba ping pong. Fútbol igual, aunque era más bien negado para el remate al arco.

Estaba en eso cuando le ofrecieron ser candidato a regidor, como se denominaba antes a los concejales. Era 1967, treinta años recién cumplidos y Germán Miric aceptó. Lo primero que le sorprendió fue que salió electo. Lo segundo, que entre comunistas y socialistas sacaron mayoría de regidores en el concejo y lo eligieron como alcalde.

-Tenía un terror… Me metí a la política porque en sí la política me gustaba, pero no para ser yo el que dirigía.

LARMAHUE. Los Miric tienen un campo en la Región de O’higgins, donde conviven con árboles, mascotas y las lluvias.

Reconoce que no sabía ni donde estaba la Municipalidad. Yo no tenía ningún pergamino, dice. En la marcha, los compañeros regidores empezaron a ayudarle con las complicadas tareas de la alcaldía hasta que aprendió. Y de ahí a ver cómo hacerse cargo de los grandes problemas de la Antofagasta de finales de los sesenta: desde la continuación de las obras del Teatro Municipal, la costanera, hasta enfrentar el grave nivel de arsénico que por entonces, tenía el agua potable de la ciudad. Tanto arsénico había, que entonces los niños llenaban los centros de salud con los intestinos perforados.

-Antofagasta, Tocopilla, Taltal y Calama eran pueblos. Los demás eran villorrios, cositas muy chiquititas y teníamos las oficinas salitreras no más. El desarrollo urbano era bajo, lo que producía ese desarrollo -que era bastante estrecho- era la necesidad de las empresas por tener localidades donde ubicar a su personal, pero no era el afán de crear una ciudad. No. Eran dormitorios más bien para los trabajadores.

La ciudad que encabezaba Miric era la más grande del norte. 125 mil habitantes por donde pasaban las grandes riquezas del desierto: salitre, cobre, azufre, pesca, un comercio importante, las proyecciones de una fábrica de cemento.

FREI, ALLENDE Y FIDEL

El ambiente político recién se estaba crispando con la polarización entre derechas e izquierdas. La Democracia Cristiana y los medios le daban duro a Miric y las relaciones con el Presidente Eduardo Frei Montalva tampoco eran de lo mejor. Cuando Frei viajó a Antofagasta para el aniversario, Miric se negó a participar de los actos oficiales y lo notificó con una carta. Al reverso del sobre, Frei puso: “Así como Ud. Como alcalde no quiso recibirme, yo tampoco le recibo la carta”.

Asumió Salvador Allende y el “compañero” Miric ya tenía un aliado. Después tuvo otro, cuando vino Fidel al norte dando largos discursos y mirando cómo marchaba la vía chilena al socialismo caminando por la arena del desierto.

1971. Junto a Fidel Castro, el alcalde Miric le entrega las llaves de la ciudad de Antofagasta.

-Hubo la posibilidad de proponer muchas cosas, pero se realizaron muy pocas, porque en tres años no es suficiente. Se trabajó bien durante ese tiempo… pero después se unieron todos contra la UP.

Lo más complicado era el financiamiento. Aunque existían recursos del cobre, abastecer una ciudad tan alejada de la capital, en un desierto tan extenso, era carísimo. “Nos costaba mucho mantener el hilo de las obras, quedaban paralizadas la mayor parte del tiempo porque estaban muy caras. Hay que considerar que el desierto no te brinda ninguna facilidad”.

La condición política del momento tampoco daba mucha facilidad. El guanaco, las colas y las protestas empiezan a verse todos los días en las calles y, aunque el alcalde Miric asegura tener a gran parte de la población de su lado, no pensaba en la tragedia que vendría. Desde esa parte en adelante hay párrafos en la pantalla de su computador.

-Estoy pretenciosamente escribiendo mi historia- dice con modestia.

Son sus memorias.

EL 11

Germán Miric se acostó tarde la noche del 10 de septiembre de 1973. Un amigo de la salitrera Pedro de Valdivia había fallecido y el velorio se había extendido hasta muy tarde. La atmósfera estaba enrarecida, porque faltaban unos días para el homenaje a las Glorias del Ejército -programado para el 19- y el jefe de la II División, el general Joaquín Lagos, no respondía de manera oficial si asistiría o no.

Después de una hora, el general Lagos accedió a hacer el homenaje para el 19. Entre regidores le preguntaron qué le parecía lo de la guerra civil, un temor ampliamente panfleteado en Santiago que ya se hablaba en los círculos antofagastinos. Él les dijo que en cualquier circunstancia, él no dispararía jamás contra chilenos.

“Su actitud antes, durante y después del golpe, y lo obrado por él hasta el presente me hacen verlo como un militar patriota, un demócrata consciente de que la soberanía reside en el pueblo, quien les educa, les forma y les mandata para el uso de las armas en defensa de la soberanía del país y de sus compatriotas (…) Que enorme contraste con aquellos militares traidores, verdugos de su pueblo que poco después entrarían a los hogares, destruyéndolo todo”.

En el computador hay varios capítulos de una memoria que Germán Miric lleva escribiendo durante mucho tiempo. El día del golpe empieza a las 7.30 de la mañana, cuando su secretaria lo llama para decirle que escuche la radio. En todo el país, los militares ya están destrozando la democracia. Lo primero que hizo fue ir a la sede del Partido Comunista, en calle Covadonga.

VIDA DE CAMPO. Los días son tranquilos en el pueblo de Larmahue. Germán Miric viaja de vez en cuando a Antofagasta, cuando lo invitan.

-Llegué y estaba repleto a esa hora. Y todo el mundo nervioso. ¿Qué vamos a hacer? La consigna era: cada cual a su puesto de combate.

Miric se fue al suyo, a la Municipalidad. Con un puñado de trabajadores se pusieron a proteger las instalaciones y materiales, se imprimieron unos volantes repudiando el golpe y desde la calle vieron a los militares bajar por Prat camino a la Intendencia. El poder ya estaba tomado. Gente pidiendo instrucciones. Dirigentes resguardándose. Helicópteros volando a baja altura. Antofagasta sitiada. Nadie puede entrar ni salir. Por la radio se escuchan los nombres de quienes deben presentarse ante la intendencia: uno de ellos es el -se supone- alcalde Germán Miric Vega.

El plazo: 12 de septiembre, 8 de la mañana.

Esa mañana, cuando cruzó la puerta del edificio de calle Prat, nunca nada volvió a ser lo mismo.

EL EXILIO

El ex alcalde recuerda que no fue torturado en la Intendencia, durante el tiempo en que estuvo preso. Tampoco en la Cárcel, tampoco en la base aérea de Cerro Moreno. Sí recibió culatazos, insultos, desprecios de quienes antes eran subalternos al poder civil. Vio gente siendo torturada hasta lo indecible. Pudo ver a Eugenio Ruiz-Tagle, gerente de Inacesa, a quien los militares golpearon delante de todos. Ruiz-Tagle nunca se quejó de la tortura. Se lo llevaron. Su cuerpo fue despedazado por los soldados de Chile.

Recién el 1 de noviembre, Miric pudo entender cuales eran los cargos que se le imputaban. Lo acusaban de recibir coimas, de recibir plata para aprobar propuestas públicas en favor de amigos, de presionar al Juez de Policía Local, que era agitador marxista, que se había robado el mimeógrafo municipal. Le quitaron las vendas de los ojos y declaró ante los fiscales.

Siempre se cuestionó porqué sobrevivió teniendo tan alto cargo. Miric reflexiona en sus memorias que pudo haber sido porque lo confundieron con Marcos de la Vega, alcalde de Tocopilla, masacrado por los militares. Otra teoría la obtuvo de Patricia Verdugo, cuando cayó en cuenta que todos los asesinados por la Caravana de la Muerte venían con el peso de violar la ley de control de armas. Él no tenía un cargo similar.

Después de desfilar por el Juzgado de Garantía de Antofagasta por el único cargo que le pesaba, el del mimeógrafo, comenzaron a gestionar por él insignes antofagastinos. José Papic Radnic, por ejemplo. O el arzobispo Francisco de Borja Valenzuela. Por talla, él lo llamaba “compañero Arzobispo”. Al final, el fiscal militar le comunica que el Consejo de Guerra lo dejó “en libertad” y lo envía trasladado por tres años al sur del paralelo 57. Le preguntan qué ciudades elegiría para irse. Al final, no lo dejaron decidir nada. Se fue relegado a Mulchén. Allá también llegó otro insigne de época: Jorge Soria, el alcalde de Iquique.

El 27 de diciembre de 1973 llegó a Mulchén. Nadie iba a arriesgarse a arrendarle a un comunista en los tiempos que se vivían con militares en todos lados. El Arzobispo de Antofagasta le había recomendado ir a la primera iglesia católica que pillara. Les abrió la puerta un sacerdote canadiense que lo dejó quedarse junto a su mamá y su hija pequeña. La noche de año nuevo, el mismo cura se acercó a compartir la cena. Rezó por ellos.

-No todos los curitas eran partidarios de nosotros. Muchos curitas estaban de acuerdo con lo que nosotros estábamos pasando, pero ellos tenían otro mandato. Está la realidad, la gente sufriendo.

EN SU BIBLIOTECA. La casa de Germán Miric está llena de libros acumulados desde su estancia en Londres, y otros anteriores.

Después de terminar la relegación, la Iglesia volvió a ayudarlo, a través de la Vicaría de la Solidaridad. Salió un pasaje a Londres, llegó en 1977 y se puso a estudiar en Gales. Había sobrevivido.

EL ANONIMATO

-Decir que uno era comunista era ponerse la soga al cuello. Pero ya pasó. Eran años muy duros.

Después de estar en Inglaterra pasando el “suplicio chino” de vivir un exilio en el prototipo del mundo capitalista que contradecía su formación marxista, Germán Miric viajó a Nicaragua. Allá estuvo impartiendo clases. Tuvo entrenamiento, dice.  No había órdenes del partido de hacer un ingreso a Chile como el intento del MIR de entrar por Neltume, pero la formación ya estaba. Por si acaso.

Pasaron los años y finalmente regresó para la campaña de 1989. Por fin regresó a la Antofagasta que había dejado tantos años antes. Cientos lo recibieron, recuerda, y cuando mencionaban su nombre durante la campaña a diputada de Fanny Pollarolo, la gente se acercaba a saludarlo con emoción. “Pensaban que yo había sido eliminado por el régimen fascista”, escribió en las memorias.

Sin embargo, no volvió a quedarse en su norte. En el regreso definitivo de 1992, se instaló en una casa de La Reina que le compró su hermana, terminó de pagar la casa que tenía en calle Cautín de Antofagasta (hoy Av. Rendic), y se fue a vivir a Santiago. El PC le pidió ser candidato a diputado por Las Condes y no salió. Más que nada lo hizo, dice, por colaborar con su partido. Luego, con los años, se instaló en Larmahue, el lugar donde tanto llueve y tan poco se parece a su tierra natal. Pero dice que está feliz acá.

-Me acostumbré a vivir en cualquier parte. Me encanta Antofagasta pero ya tampoco no es para renunciar a todo para irme. (…) Allá fui un personaje, entonces voy a estar siempre en la palestra. Y no quiero.

-Le gusta su vida de anónimo.

-Sí, me gusta mucho más vivir tranquilito, sin que nadie me moleste. Y ya no estoy para eso, 81 años tengo yo, entonces… – se ríe.

-¿La gente sabe que usted fue alcalde de Antofagasta?

-No.

En su biblioteca, llena de textos en inglés, fotos del Presidente Allende y un computador que no usa Windows, están décadas de historia. Antofagasta está presente igual. La silueta de la región es un reloj de mesa. Hay una Portada junto a sus libros. Hay harto también de los años en Londres, los años duros que dice. Y a pesar de que han transcurrido décadas, cree que aún existe una polarización.

-Hay una gran contraposición entre dos sectores de la población: los que lo tienen todo o casi todo y los que no tienen nada. Eso se da igual, igual que cuando nosotros estábamos. Había una lucha dura, hoy desgraciadamente esa lucha no se da tan fuerte. Yo pienso que debía darse tan fuerte como le dábamos nosotros, porque la injusticia no se ha terminado.

Por esa misma injusticia, dice Miric, sus ideas están más robustecidas que debilitadas. En algún momento la gente se dará cuenta del oprobio del sistema. ¿Será optimismo?, se pregunta. “Yo creo que nosotros igual vamos a ganar. Aunque nos demoremos».

RECUERDOS DE LONDRES. Un póster de la ciudad que lo acogió durante sus primeros días de exilio, en 1977, está en el living de la casa de Larmahue.

-¿Cree que vamos a llegar en algún momento al socialismo?

-Yo creo que sí.

-¿Cómo cree que va a pasar a la historia de Antofagasta?

-Realmente nunca lo he pensado. Algunos me han dicho que mi mandato tuvo algún significado para la ciudad. Aprecian mi período. Yo creo que hice lo que me tocó hacer no más.

Germán Miric, ex alcalde de Antofagasta entre 1967 y el 11 de septiembre de 1973, viene de vez en cuando a Antofagasta. Algunos lo reconocen, visita su Partido. Una vez, un ex chofer lo saludó emocionado y le convidó a estar en su casa durante algunos días. Antofagasta está presente siempre, pero en su corazón y en los recuerdos. Germán Miric se pone un jockey para salir al patio. Afuera está lloviendo.

 

 

 

 

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