Un periodista de BUSH IN ACTION siguió durante semanas a las mujeres que ofrecen discretamente, a través de portales de internet, sus servicios sexuales en departamentos ubicados en barrios acomodados de la capital. Lugares ultra piola donde hay gimoteos, gritos fingidos y mujeres semidesnudas fumando cigarros a la espera de que alguien toque el timbre de la puerta. En esas tardes de sushi a medio comer, miradas al Whatsapp, complicidad y evasivas, nos revelaron de a poco sobre sus vidas, sus sueños, sus historias, y el amor.

Por Ramón Rivera, desde Santiago.

Anochece sobre Providencia y en el living del departamento donde trabajan, conversan Paulina, Carla y Angélica. En los rincones se ve algo de desorden. Hay ropa tirada, una toalla. En la mesita hay varios recipientes de sushi para llevar a medio comer, una lata abierta de Sprite y un cenicero con el cigarro que recién Paulina acaba de aplastar.

-Llegó un cliente, vamos- avisa Paulina cuando suena el timbre del departamento. Las chicas se van al balcón. Sin entender qué pasa, las sigo. Cuando hemos salido todos, Fran cierra la cortina y junta el ventanal. Mantenemos silencio mientras seguimos ahí, de pie.

Al frente, se puede ver otros modernos edificios residenciales de 20 pisos, casi iguales a éste, con ventanas de luz encendida que visualmente parece perderse en las incontables bombillas de la noche santiaguina. Me explican que mientras esperamos, otra chica a quien aún no he visto sale de una de las habitaciones para recibir a un cliente.

TIMBRE. En sitios web como Locanto o La Estokada se pueden conseguir datos y hasta recomendaciones. (Ilustración:  Ramón Rivera)

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Llegué al edificio a reunirme con Paulina una media hora antes. El conserje pide mi carnet y anuncia mi visita por el citófono. Por allá está el ascensor, dice. Subí nervioso. Al llegar al piso rápidamente vi el departamento que buscaba. En la puerta había un hombre joven esperando entrar. Revisé los números de todo el pasillo, como para hacer algo por muy inútil que fuera, lo que sea para evitar encontrarme con él. Pero es en vano. Avergonzado, me acerqué a la puerta. Nos miramos, ambos en la extraña complicidad de saber que detrás de la puerta hay una escort esperándonos, e intercambiamos una sonrisa nerviosa. El hombre volvió a tocar el timbre y finalmente una chica apareció.

-¿Ramón?

La chica era Paulina. De contextura promedio y piel blanca, llevaba una peluca rubia con mechas rosadas y un vestido rosa oscuro con manchitas negras. El departamento parece pequeño. Tiene dos habitaciones, cocina “americana”, living, un baño y un balcón. Para mi sorpresa, hay dos chicas más en el living. Después sabré que dos más estaban trabajando en ese mismo momento en las habitaciones. Todas son escort y Paulina no les había avisado que venía. La presentación fue así: “Es un ginecólogo, nos viene a examinar”. Se ríen.

Temí que se negaran a que me quedara cuando supieron la verdad: que vine a escribir un reportaje. Por el contrario, algunas se unirían a ratos a mi conversación con Paulina. Una de las chicas en el living es Carla, mujer voluptuosa y con algo de sobrepeso, de unos 35 años y que viste un pantalón negro y una polera verde con tachas. La otra es Angélica. Es muy delgada y sólo viste un conjunto de encaje rosado pálido con portaligas y colaless. Su cara da la impresión de que hasta podría ser menor de edad. Le pregunto cuántos años tiene, y juega conmigo: me dice tres edades diferentes.

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De acuerdo a la definición general, una escort es una trabajadora sexual que ofrece servicios más sofisticados que una prostituta tradicional y, por ende, más caros. Trabajan en sus propios departamentos o atienden a domicilio, no esperan clientes en las esquinas, ni ofrecen sexo rápido en un café con piernas. Las escort se publican con pseudónimos en portales de internet dedicados y se las contacta por teléfono. Son sus propias jefas y pueden decidir a quién atienden y a quién no, por entre 40 y 120 mil pesos la hora. Otros actos, como el sexo anal, se suelen cobrar aparte. Mientras sea ejercida de forma independiente, la prostitución no es ilegal en Chile, a diferencia de los prostíbulos.

Las escort mejor evaluadas por sus mismos clientes –hay foros especializados, como “La Estokada”, donde opinan y comparten datos- ofrecen “una experiencia”. Las favoritas son quienes dan al cliente una ilusión de naturalidad, haciéndoles sentir como si fueran una polola, aunque también hay chicas bien evaluadas que se especializan en entregar sexo duro.

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En el balcón hay poco espacio para los cuatro, y debemos estar de pie. No hay sillas.

NOCHE EN SANTIAGO. Si bien
Santiago y Providencia tienen locales
establecidos para el hueveo -como
el Passapoga-, los departamentos de
escorts son datos que circulan bastante.

Paulina tiene 21 años y lleva poco como escort: ocho meses. Como varias en el rubro, tiene un pololo que no tiene la más mínima idea de a lo que se dedica. Ella quiere casarse y dejar este negocio. Le miente diciendo que trabaja de vendedora en una tienda. El valor de una hora con ella es de 70 mil, pero también ofrece un servicio “cosplay”, que incluye lencería sexy y pelucas, por treinta mil pesos más.

En un momento las demás chicas del balcón vuelven al interior del departamento. Afuera sólo permanecemos Paulina y yo. Cuenta que atiende en general dos o tres clientes al día. Y cuando no está trabajando, le gusta tocar el violín.

Al volver al living, allí se ve a Carla, quien espera la llamada de algún cliente. Angélica no está. Más tarde aparecerá fugazmente una de las chicas que estaba trabajando cuando llegué, en topless. No tratará de ocultar su desnudez ante mi presencia, ni tampoco cruzaremos palabra.

-Solamente me gusta tener sexo con mi pololo. Al empezar en este trabajo ni siquiera me mojaba, debía abusar del lubricante. A veces me gusta hacer esto por la plata, y porque decido si quiero trabajar o no. Pero después me arrepiento porque me hago daño. Físico, porque termino cansada, y emocional también. Me siento sucia, me siento agotada, me siento fea – continúa Paulina.

-¿No podrías también sentirte más linda?

-Eso es mentira. Yo creo que una se va afeando, porque una se apesta, poh. Llega un día y no te quieres levantar. No quieres salir, no quieres conocer a nadie. Yo no sé qué me ven – dice Paulina.

-Ella es bonita, pero tiene baja autoestima- interviene Carla, mirando desde el fondo.

-Esto daña, te hace sentir mal, espiritualmente. Los hombres, el mismo hecho de que vengan a una le da rabia. Estoy segura de que cuando me salga de esto voy a pensar que todos los hombres son cochinos- dice Paulina.

-¿Por qué?

-Que me vengas a ver a mí y después te atiendas con la mina que trabaja conmigo. Les da lo mismo estar con una mina o con la otra. En vez de buscar una persona estable, que los quiera y que los cuide. Yo prefiero hacer el amor con mis clientes que sólo tener sexo con ellos.

-Pensé que no podrías llegar a hacer el amor con tus clientes.

-Depende, porque yo tengo mi círculo. Por ejemplo, un niño que viene seguido, el Jaime.

-¿Podrías tener algo más con él?

-No, porque estoy pololeando.

EDIFICIOS. Un promedio del valor de
la hora de prostitución anda por los 50 mil pesos en Providencia.

-¿Y si no estuvieras pololeando?

-Yo creo que… no sé. Por eso digo que existe el cariño. Uno no se desnuda en frente de cualquier persona. Porque no expones sólo tu cuerpo, también tu interior, tu alma.

Han pasado algunas horas. Angélica salió más temprano para hacer una visita a domicilio. Ya se fueron las dos chicas que trabajaban en las piezas mientras conversaba con Paulina. Va quedando claro que no llegarán más clientes así que Carla decide partir.

No hay más envases de condones abriéndose ni más quejidos teatrales. En el departamento solo quedará el silencio y Paulina durmiendo en una pieza. Dice que volveremos a vernos, pero días después se niega.

***

Angélica lleva ahora dos meses en el negocio. Pese a su juvenil apariencia, tiene 26. O dice tenerlos. Es muy bonita y su voz es dulce, aunque habla fuerte. Lleva un chaleco gris que contrasta con unos calcetines muy coloridos. Se ve contenta. Dice que tiene un pequeño hijo, pero no quiere decir exactamente qué edad tiene.

– No creo que este sea un trabajo que no pueda ser mirado como digno, ni que te rebaje. Si lo comparas con vender el alma detrás de un escritorio en una pega que no te gusta, donde estudiaste cinco años y gastaste millones, prefiero ser escort. Ha sido fácil. Me ha gustado, me encanta tener sexo. Es algo maravilloso. Mientras más sexo tengo, más me gusta.

Decidió dejar de trabajar en el departamento compartido, porque sus compañeras le cobraban más de lo que le correspondía de arriendo. Explica además que compartir un espacio no sería acorde con los entre 100 y 120 mil pesos que cobra por hora. Que por el ruido y desorden de las otras niñas perdía clientes. Mientras encuentra un lugar, atiende sólo a domicilio.

-¿Cuál es la diferencia entre ser una prostituta y una escort?

-Para mí, una puta es una chica que ves parada en la calle de noche y que te la chupa sin condón por cinco lucas. Lo que yo hago es diferente. Les tengo cariño a todos mis clientes. Y a los que no les tengo cariño no los atiendo más nomás.

Asegura que la mayoría de sus clientes son hombres casados. Cree que en principio ellos harían algo malo al incumplir sus votos, pero prefiere no juzgarlos. Podría ser que tengan grandes carencias emocionales, o que sus esposas sean terribles con ellos, dice. Angélica cuenta también que no todos sus clientes buscan sexo.

– A algunos clientes les gusta sólo conversar. Por ejemplo, uno se pone su pijamita y se va a acostar conmigo. Me compró un pijama de polar, como de niña. Lo único que quiere es dormir con alguien y que le hagan cariño.

Cuando tenía 18 años, su padre perdió la casa familiar y Angélica se fue a con su mamá y sus hermanas a la casa de su abuela. No le gustaba vivir así y se fue, quedándose a dormir con distintos amigos cada noche. Después viajó como mochilera hasta la selva peruana y también vivió en una casa “okupa”. ¡He tenido una vida muy entretenida!, exclama.

URBANISMO. La ciudad durante las primeras horas de la mañana, con una espesa capa de niebla.

Es hora de buscar a su hijo en la guardería. Sigue en contacto con el padre del niño, pero dice que es una persona sin un trabajo estable y que ella es la que se ocupa de todo lo que necesita el pequeño.

-Es exquisito. Es tan mágico. Tener hijos es lo máximo.

La conversación llega hasta unas cuadras antes del jardín. No hablaremos hasta dos semanas después:

-Me salí de la página de escorts. Borré ese número. Murió.

-¿Hubo algún problema?

-No… yo quería dejarlo.

-Tienes que contármelo. Volvamos a vernos.

-Volvamos a vernos.

-Me habías invitado a una de esas clases que haces de…

-¡Biodanza! Yo te voy a avisar y nos ponemos al día.

Nunca volvió a llamar ni a contestar el teléfono.

***

Ximena (38) se autoproclama como una escort fitness. Viste ropa deportiva y calzas apretadas. Su piel está delineada por una musculatura firme, sin ser exagerada. También tiene implantes en los pechos. Es que sus aficiones son el fisicoculturismo, las pesas y su otro trabajo, enseñar estas disciplinas en un gimnasio. Su tarifa son sesenta mil pesos. Recibe a los clientes en un departamento igual a este, unos pisos más abajo en el mismo edificio. Atiende sólo uno o dos hombres al día y agenda sus citas con un día de anticipación.

Vive sola junto a una perra juguetona en un departamento de Las Condes. Se trata de dos ambientes. Uno es su pieza y el otro, una cocina “americana”, un pequeño comedor y un living con amplios ventanales que miran un barrio de comercio, oficinas y hoteles. En las paredes hay varias fotos de Ximena en distintos lugares del mundo, además de algunas fotografías artísticas e incluso una pintura, en las que aparece semidesnuda.

-Esta es mi guarida, están mis cosas, mis recuerdos. Están mis viajes, está mi vida acá. No podría trabajar aquí en mi casa– dice Ximena.

-Fotos tuyas, pinturas tuyas…

-Todo sobre mí – dice y luego ríe. Todo lo que hago es cuerpo. El gimnasio, las competencias de pesas… ser escort. Haga lo que haga, siempre hay erotismo dentro de mí. Aunque atienda detrás de un mesón, hay erotismo, hay cuerpo.

Tenía 27 años cuando empezó a vender sexo, cuenta mientras revuelve su té. Después de trabajar unos siete como secretaria, tomó un año de vacaciones. Y al volver a buscar trabajo, sucedió.

-Fui a una entrevista de pega con un gerente que buscaba una asistente. Al día siguiente él, que era súper joven, me llamó y me dijo que no había quedado en el cargo, pero que sí había calzado para su perfil personal. Yo le pregunté qué era eso del perfil personal. Y ahí me dijo que quería pagarme por sexo.

– ¿Qué pensaste tú?

SANTA LUCÍA. No sé si es Santa Lucía, solo había que poner una foto acá.

– No pensé nada. Me dijo que yo ya lo conocía, que íbamos a ir a un lugar bonito, que lo íbamos a pasar bien y más encima me iba a pagar. “¿Por qué no?”, me dije. ¿Por qué no? Lo había encontrado guapo y dije “voy a probar, a ver qué se siente”. Creo que todas las mujeres quieren ser puta un día. Quieren saber qué se siente. Yo lo probé y no me pareció nada desagradable. Me di cuenta de que podía tener dos mentes, una aquí y otra afuera.

-¿Significa eso que no te involucraste con él?

-Claro, no me involucré ni sexualmente con él. Sólo pensaba en el dinero. Lo vi inmediatamente como un trabajo. Un programador me hizo una página web como escort. Empecé a trabajar a domicilio. Sólo dos amigos y su padre saben que Ximena tiene este trabajo, pero la chica hace tiempo está pensando en la idea de contar sus experiencias al público general a través de un libro que su padre, aficionado a la literatura, podría escribir.

-¿Cómo supo tu papá?

-Yo le conté. Yo tengo padre, hermana y sobrina. Mi madre falleció. No quería que mi padre y mi hermana se enteraran de lo que hago por otras personas.

-¿Por qué quieres que tu experiencia sea contada?

-Porque el 80% de la población piensa que es malo. Con esto quiero demostrar que no es así. He conocido gente maravillosa, he viajado muchísimo. Me han regalado cosas que ningún pololo me podría regalar. ¿Quién eres tú para decirme que eso es malo?

El dominio que dice Ximena haber logrado en estos años como escort tiene sus excepciones. La más importante, las relaciones de pareja. Y la chica llevaba hasta la fecha cinco meses pololeando con un chico diez años menor.

-No me cuesta nada hacer este trabajo. Pero me cuesta cuando estoy de novia. El problema está cuando se meten en mi vida. “Ponle fecha”, “termina la cuestión”. Yo voy a terminar esta pega cuando a mí se me antoje. Mi pololo también ha tratado de quedarse cada vez más en mi casa. Es súper incómodo… ¡que él esté aquí y yo vuelva de haber atendido un cliente!

-Pensé que separabas ambas cosas completamente.

-Sí, pero para mí sería incómodo.

-¿No que tú haces tu vida y tus pololos tienen que adaptarse?

-No es así tampoco. Esta soy yo, me aceptas o no. Pero no por eso voy a ser una hija de puta – dice, riendo al final.

-¿Por qué no?

-Porque no lo soy. No soy una hija de puta. No puedo, no me sale. Intenté durante la semana pasada adaptarme a él. No podría contestar las llamadas delante de él. Imposible. No podría decirle a mi pololo “Voy al baño a contestar y vuelvo”. Él ha llegado a ser hiriente. Yo estoy bien solita. Tengo mi casa y mis cositas, mi perrita. Tengo todo. Tengo mi familia y muy buenos amigos. Lo único que necesito es un pololo que me ame, que me apoye. Yo necesito amor no más. Nada más, nada más.

 

 

La ilustración de portada es de Ignacio Mandiola. 

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