Hace unos años tenía varios amigos gorilas en mi planeta, gozábamos de fiestas en lugares exentos de dolor, creciendo y conociendo estimulantes, y divirtiéndonos en un círculo amistoso y humorístico. Nos graduamos todos juntos en el liceo Los Monos, donde hicimos un montón de locuras y sentimos la necesidad de quedarnos congelados en el tiempo, dada la felicidad que circulaba entre nosotros. Fue todo tan especial hasta que llegó el último día…
Luego mi líder mono le dio por esta misión del Periodismo y me mandó a la Tierra en un plátano enorme y tecnológico. Sólo tenía una libreta, una grabadora y en el camino, de seis meses, me instruyeron con tutoriales relatados por Loquendo, peruanos, colombianos y venezolanos sobre el oficio más algunos libros que leí que recomendaban en los comentarios.
Con el escudo del reporteo fortalecido emprendí una linda carrera independiente que tocaba de vez en cuando a los diarios que me gustaban y llevaban algo mío. Así un día fui a dar una charla a Ostaconburgo (país de cuatro metros cuadrados ubicado en un sector del Parque Croata de Antofagasta) de Periodismo y Fotocopias en la que conocí al equipo de Bush In Action, un grupo terrícolas con muchas ganas de ser felices escribiendo basuras e historias intrascendentes.
Ese instante me enseñó a ser feliz nuevamente, como en mis aventuras con los gorilas en el liceo Los Monos. Sólo que ahora todos estábamos separados en distintos lugares de la galaxia, pero Odio, un periodista de esta revista que hace Deportes, me enseñó a usar WhatsApp y llamar por celular.
Conocer esa tecnología de mensajería instantánea fue increíble, ya no necesitaba ir donde los entrevistados, lidiar con fotógrafos gruñones ni moverme de mi escritorio para enfrentar mis labores periodísticas. Y lo mejor de todo es que esa diversión fue complementada con el reencuentro con mis amigos en ese campo virtual. Hicimos un grupo que se llama “Los Monos Reales” y vacilamos por WhatsApp hace tres años contándonos nuestras vidas.
Eso le ha dado un nuevo sentido a mi vida, tengo a mis amigos en el bolsillo y puedo hablarles cuando quiera, no sólo en las típicas reuniones en las que sólo se entra en detalles del pasado y la entretenida y exitosa vida profesional, o los fracasos de los ausentes.
Gracias WhatsApp por llegar a mi existencia y dejarme grabar audios de mis idas al baño para deleitar a mis amigos con mensajes instantáneos del momento en el que libero a los prisioneros de mi cuerpo gorilote.
Pero… esta herramienta lentamente se volvió compleja y debimos crear un sistema de gobierno entre nosotros para evitar las pugnas de poder por la administración. Por eso cada mes seleccionamos a dos de nosotros que forman el tribunal: entidad virtual encargada de regular nuestro comportamiento y niveles de humor.
El tribunal puede premiar a los participantes o sancionarlos en caso de pasar muchas horas callados sin aportar humor. El tribunal tiene el poder de enviarnos a la cárcel de WhatsApp si estamos bajos en humor. Básicamente es la ley.
Hemos tenido crisis que nos obligaron a crear otros grupos transportando nuestros videos, audios y textos, pero aún así, y con las respectivas evoluciones y transformaciones de por medio, seguimos como amigos de WhatsApp.
Lo genial de todo es que nos reunimos realmente dos veces al año en las que premiamos al mejor peo, audio, video, foto, texto y humorada del grupo de WhatsApp en grandes fiestas.
Agradezco a esa app por devolverme a mis amigos, aunque sea por internet.

Laca Mita

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