Un visionario modelo de negocios que conectó a las minas de plata del interior de Bolivia con el puerto chileno a principios del siglo XX. Huanchaca duró poco como industria; sus ruinas se transformaron en ícono y lograron sobrevivir como un centro cultural.

Por Rodrigo Ramos Bañados

El expresidente boliviano, José Manuel Justiniano Gutiérrez Guerra, de barba roja y ojos verdes profundos, camina en silencio sobre las durmientes de la línea férrea. Unos metros delante, la gran estructura surge desde el desierto como una dentadura terrosa. Se trata de la figura envolvente de lo que queda de la Fundición Huanchaca. El opulento complejo industrial está en pleno proceso de desmantelamiento. Un fantasma de lo que fue. Un magnífico proyecto que enorgullecía a Bolivia.  Gutiérrez Guerra, quien pasa sus días de la década del 20, del siglo pasado, casi como un anónimo por Antofagasta, se cuestiona los infortunios de este plan industrial. La idea, pionera en su género, conectaba el altiplano y el océano Pacífico. Había sido concebida en una Bolivia que vivía su propia revolución industrial a través de la minería de la plata y el estaño. Una Bolivia de ambiciosos oligarcas, que él como presidente conocía muy bien. Después, los mismos que lo aplaudieron, lo derrocaron. Pero Gutiérrez Guerra tiene esperanza, por eso camina cuando el sol da una tregua hacia el lado sur de Antofagasta, pensando cómo regresar a la vida ese proyecto fallido que fue Huanchaca, quizás también pensando en su Bolivia natal.

Gutiérrez Guerra gobierna por al menos dos años en Bolivia y, como antecedente, le declara la guerra al Imperio Alemán (en el contexto de la Primera Guerra Mundial). Es derrocado en 1920. Durante su exilio llega a la ciudad de Antofagasta, donde es acogido por Isaac Arce, el reconocido historiador. Arce visitaba habitualmente Bolivia para recabar antecedentes sobre la historia de Antofagasta; de ahí su vínculo con grupos de poder. Es en esas conversaciones entre Arce y Gutiérrez Guerra donde este último explica sus vínculos familiares con lo que fue la sociedad Huanchaca, la Casa de la Moneda de Bolivia y el complejo argentífero de Pulacayo. Por esto no es raro ver a Gutiérrez Guerra por los alrededores del monumental complejo industrial desmantelado en Antofagasta, el que a finales del siglo XIX marca la primera ruta industrial de la minería, desde Los Andes hacia el mar.

En 1929, al final de sus días, Gutiérrez Guerra es un hombre triste y enfermo. Fallece sin bulla. Sus restos permanecen en el mausoleo de Bolivia del Cementerio General de Antofagasta. Se trata del único presidente de algún país (incluido el nuestro) que descansa en la urbe. Uno de los motivos de su estada en la ciudad, según explica el profesor de historia Javier Díaz, es el interés por el auge y debacle de Fundición Huanchaca. Dejemos esto como un asunto familiar. La familia Gutiérrez, de su padre Juan, estuvo vinculada de algún modo con la Sociedad Huanchaca y la minería argentífera que en ese momento representan el orgullo boliviano.

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Antofagasta a finales del siglo XIX es un pueblo en construcción en un espacio entre cerro y una costa rocosa, que se esparce hacia el océano. Las casas son ligeras; todos los caminos son de tierra donde sobresale una tímida línea férrea que es el sistema de circulación económico, sin un solo árbol ni brizna de pasto, bajo un sol abrasador entre nubes de polvo y ruidos de carros que descargan en los muelles desde personas, mercaderías hasta minerales. No es el mejor lugar del mundo para asentarse, pero la minería le inyecta una velocidad al crecimiento que atrae a inversionistas de todas partes del mundo. Antofagasta va cambiando cada cinco años. En ese contexto, al costado sur del poblado, toma forma la Fundición Huanchaca, un visionario proyecto de capitales bolivianos principalmente —en menor porcentaje chilenos e ingleses— cuyo objetivo es llevar el mineral de las entrañas de Los Andes hasta todos los rincones del mundo, a través del puerto de Antofagasta, previo paso por la fundición.

En ese enjambre eléctrico que es Antofagasta, el profesor y reconocido patrimonialista antofagastino Jaime Alvarado destaca a la línea férrea como un árbol cuyas ramas alcanzan hasta Bolivia. El ferrocarril es la pista por donde circulan los minerales. Bolivia en ese momento vive un auge minero por la plata, principalmente en Pulacayo, con una mano de obra indígena que no posee ninguna protección por parte de los empresarios y el Estado. Mientras la vida es breve para los trabajadores que fallecen por la precariedad laboral, la oligarquía acumula riquezas con personajes como Simón Patiño, quien maneja la economía y la política en el país. Sin embargo, al negocio de la plata le faltan dos pasos: la metalurgia y la exportación.

Los inversionistas ven en Antofagasta, recién anexada a Chile después de la Guerra del Pacífico, la proyección para su negocio. A pesar de la guerra, hay buenas relaciones comerciales entre las oligarquías. Vienen tratados entre Chile y Bolivia, más líneas férreas y la creación de ciudades estratégicas en el medio de la ruta como Uyuni.

En 1888 se inicia en Antofagasta la edificación de la refinería de plata más importante de Sudamérica, por la Compañía Minera de Huanchaca de Bolivia. Su propósito es visionario: conectar la minería, como dijimos, desde Bolivia, procesar el mineral en Antofagasta a través de la lixiviación y exportarlo por el puerto (o más bien por alguno de los muelles de la ciudad); casi el mismo proceso que un siglo después desarrollará la gran minería del cobre asentada en la Región de Antofagasta.

Coyunturas hacen fracasar el proyecto, como la caída del precio de la plata a principios del siglo XX y la sobreexplotación de las minas de Pulacayo, que generaron derrumbes y la pérdida de trabajadores. Es un breve tiempo el que funcionó el complejo metalúrgico, que dio trabajo a cientos de personas, en su mayoría población chilena que llegaba en oleadas a Antofagasta, en busca de una nueva vida. En total, la Fundición Huanchaca (también conocida como Establecimiento Industrial de Playa Blanca) estuvo activa durante doce años, entre 1890 y 1902, y significó el comienzo de la vida industrial en Antofagasta, con sus beneficios, como el agua potable, pero también dejó contaminación a través de la escoria y, en consecuencia, terrenos contaminados por varias décadas.

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Gabriel Amengual, patrimonialista, afirma que la Fundición Huanchaca impactó la naciente ciudad especialmente por la magnitud de la construcción, pues no había antecedente de algo semejante. Los antofagastinos de esa época debieron quedar sorprendidos. Se le gana terreno al cerro.  Se construye una chimenea en lo alto (donde la actual población Coviefi) y a la vez se arma una escalera gigante, que es una suerte de carril donde iba el tubo o cañería de tiraje. “Es especial todo esto, pues ahí comienza la historia del actual sector sur de Antofagasta, con la implementación de una vía férrea”, dice Jaime Alvarado. Y complementa: “En la actual Avenida Argentina hay una calle que se llama Playa Blanca. En la época de Huanchaca, había un ramal ferroviario donde desde ahí se habilitaban los servicios ferroviarios al establecimiento metalúrgico, donde llegaba la plata y salía la producción metalúrgica hacia el extranjero”, afirma.

Otro punto es la actual “capilla militar”. Antes de serlo, fue una edificación destinada a la bomba de agua del complejo industrial. Era importante, pues desde ahí se levantaba el agua de mar para el proceso, “y también —dice Alvarado— se desalaba en un proceso más simple que el actual, donde se cocía el agua en calderas en resacadoras. Por esta razón, el sector aledaño al complejo industrial, como oficinas y dormitorios, tenía un agua que se podía denominar como potable, en un Antofagasta que carecía de alcantarillado y una red de cañerías (recién en 1910 la ciudad cuenta con alcantarillado)”.

A la vez, también puede decirse que el Banco Mercantil de Bolivia del magnate Patiño, donde hoy funciona la PDI, es parte de ese periodo de auge en Bolivia. “El edificio demuestra el interés de estas personas por invertir en Antofagasta, la que, a pesar de que fuera chilena, estaba en el inconsciente colectivo de Bolivia. Ellos siempre soñaron que tarde o temprano la ciudad regresaría a su país, y con ello el litoral perdido en la guerra”, afirma Alvarado.

Jaime Alvarado dice que, tras la quiebra de la Fundición Huanchaca, se produce un rápido desmantelamiento y venta, lo que llama la atención en una época influenciada por el florecimiento de la industria salitrera. “El auge del salitre hace ver anticuada la fundición de plata. Las piezas son compradas por las oficinas salitreras, que demandan material industrial. La Casa de Fuerzas, por ejemplo, se va a la oficina Iris. Otros insumos se fueron a la oficina Alemania, como bateas”, asevera.  Amengual dice que el terreno sale a remate, en 1921, y es comprado por Tomás Astorga. La esposa Berta González de Astorga posteriormente dona los terrenos para hacer la Universidad del Norte. En tanto, el campamento de la fundición se encuentra en la actual población Playa Blanca. “Después, lo desarmaron y dispusieron en la avenida Argentina, cuyas casas se conservan. El casino está sobre las escorias del establecimiento metalúrgico Huanchaca; escoria que por mucho tiempo estuvo a disposición del viento”, dice Alvarado.

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“Las ruinas de Huanchaca” o “Las ruinas”. Así comienza a denominarse en las décadas posteriores a la fundición Huanchaca. A medida que Antofagasta crece hacia el sur, con los sectores Playa Blanca y Coviefi, además de la consolidación de la Universidad del Norte, las “ruinas” pasan a ser parte del entramado urbano. Puede decirse que interactúan con la ciudad como un pasadizo entre la creciente población Coviefi y el plano. En 1974, “las ruinas” son declaradas como Monumento Histórico Nacional, y se forma un perímetro por lo menos en el papel. Las ruinas continúan en completo abandono.

A medida que pasan los años, “las ruinas” logran un simbolismo dentro de la ciudad, muchas veces como un punto turístico de un origen desconocido o con connotaciones de culturas precolombinas.   No hay ninguna señal en el sitio por esos años que cuente la historia del monumento.

El deterioro se hace evidente en los años noventa, principalmente, dado que soporta ser un lugar de reunión de la juventud de la época. Los rincones del sitio se llenan de basura.

Por suerte, todo cambia en 2006, cuando la Superintendencia de Casinos de Juego de Chile adjudica la licencia de casino al proyecto Enjoy Antofagasta. De esta manera, el proyecto de construcción de un casino frente al monumento involucra la creación del Parque Cultural Huanchaca, compuesto por el Museo del Desierto de Atacama. Para la administración se crea la Fundación Ruinas de Huanchaca, sociedad entre el casino y la universidad. Todos inmuebles que conviven arquitectónicamente con la antigua fundición de plata.

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Una de las primeras acciones de la Fundación Ruinas de Huanchaca fue delimitar el polígono estipulado en el documento de declaratoria en 1974. De esa manera, “las ruinas” —como son conocidas por la comunidad— quedan resguardadas. Christian Andrónico, director del Museo Ruinas de Huanchaca, dice que en adelante, “las ruinas” pasan a convivir de una manera diferente a la acostumbrada con la ciudad.  Puede decirse, y como lo releva Andrónico, que se inicia lo que llama como una “educación patrimonial” hace 15 años. “La comunidad con el tiempo ha ido entendiendo la diferencia porque hemos ido reconociendo los valores y atributos del bien. En la medida en que tenemos más conocimiento, somos capaces de transportarnos hacia atrás, ver la importancia y, a la vez, la conservación; a esto le podremos llamar educación patrimonial. A fin de cuentas, hay un antes y un después, y ese antes tiene relación con el desconocimiento”, dice.

Habitualmente, delegaciones de colegios visitan el Museo del Desierto, donde, con un guía, son conducidos por las salas de exposición. Antonieta Clunes, curadora del museo, explica que la línea curatorial está basada en el desierto de Atacama, con el énfasis de acercarse a las personas y cómo la comunidad puede sentir el lugar como parte de esta. Andrónico redondea que hay un trabajo sistemático de hacer una gestión de visitas, que trasunta en una mediación. “Esta gestión se extiende durante todo el año con establecimientos públicos y privados de las comunas de la región. Al abarcar a la región, nos permite tener un radio de acción más amplio”, afirma.

A lo anterior, dice Antonieta Clunes, se suman las charlas, que son un espacio para exponer investigaciones que se generan en el desierto de Atacama, a través de científicos, como también los testimonios de actores claves que actúan en los territorios. Las charlas se complementan con la experiencia práctica de un taller. El parque cultural también cuenta con un escenario para diversas expresiones artísticas, el cual es reconocido en la ciudad. “Antofagasta reconoce a La Portada y Las Ruinas como sus dos grandes íconos, uno natural y el otro industrial. Hay un interés desde siempre por conocer la historia, por venir, más aún si hay una expresión artística de por medio”, precisa.

No solo en Antofagasta está el interés, sino que permanece en Bolivia. Andrónico dice que han tenido delegaciones del país hermano en más de una ocasión a lo largo de este tiempo. “Bolivia, a través de Pulacay, es parte del relato cuando articulamos lo que queremos comunicar; a esto se suma el ferrocarril que sigue funcionando por este lado. Cuando se decide hacer la fundición, responde a una decisión mancomunada de dos países. Huanchaca puede verse también como el salto de Antofagasta para convertirse en ciudad, ligada a la industria. Hay un antes y un después de Huanchaca para la ciudad”, indica.

Y volvemos a la imagen de Gutiérrez Guerra cavilando en lo que queda de una tarde soleada frente a las ruinas en la década del 20, del siglo pasado, imaginando el destino de esa chatarra que en un momento marcó una manera moderna de hacer negocios integrando a dos países vecinos.

RUINAS. El casino se asemeja a la construcción de la Fundición Huanchaca en el sector sur.

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